En estos tiempos convulsos, donde no sabemos qué pensar y donde la información nos avasalla y nos obliga a decidir constantemente “esto sí, esto no”, parece que la política en su sentido amplio es el tema de actualidad. Hay política por todas partes, se ha abierto la veda, esto es non stop, en la publicidad (buff, la publicidad), en cualquier página de revista, periódico, libro, blogs, en las conversaciones… Las personas hablan de política; de medidas concretas o de ideas abstractas; rechazan ideologías y creencias asentadas, las sustituyen por un maremagnum de pensamientos y conocimientos entremezclados entre el pasado y el futuro. Es una situación un poco caótica pero es un buen momento para pararte a pensar, en ese sentido.
Las viejas frases retoman su fuerza y se anuncian en una valla publicitaria, situaciones paradójicas, en las que el Che puede decir hasta la victoria siempre con un cubalibre de cacique. Esto es el caos. Pero es el caos, no porque no valgan las viejas ideologías sino porque es tal la dimensión de los datos, conocimientos y mensajes que no se pueden manejar. Almacenamos información que nos llega de todas partes y la comentamos en los cafés. Creemos que pensamos por nuestra cuenta, pero sólo atamos cabos con los datos que tenemos que están sesgados en realidad. Cuando eludes la información, te pueden llegar a decir que entonces no sabes nada de lo que pasa, pero esto es como el ciego que no lo es de nacimiento, en su día vió y conoce los colores. Es igual porque las cosas que pasan son las mismas de siempre, si lo conociste en su día los sigues conociendo.
De tantos datos superpuestos llega un momento en que la injusticia no se puede explicar desde su origen. Y parece que nos tenemos que remitir justo a lo anterior y después a lo anterior de lo anterior, cuando realmente la explicación está vete tú a saber, siempre oculta y siempre con una pared de ladrillo que tenemos que desmontar para ver lo que oculta, eso sí la desmontamos ladrillo a ladrillo.
Por ejemplo, el otro día leí a un historiador que hacía un análisis sobre la Guerra Civil y decía que la culpa del golpe de Estado fue de los anarquistas que habían abierto (no sé si en sentido literal o figurado) las cárceles porque para ellos la libertad es lo primero, y claro, salieron los criminales a la calle y con todos los criminales en la calle no se podía esperar menos que una Guerra Civil. En fin, como explicar la injusticia de ese comentario sin hacer toda una reflexión eterna sobre la situación de España, los problemas de la república, la ideología anarquista, el mundo de los bandos, los intereses ocultos…
Hoy leo que la ideología marxista creó la máquina de matar más cruenta de toda la historia de la humanidad (ahí es nada) con sus partidos políticos y sus dictaduras. Pues ahí qué puedes decir…pues que su máquina era cruenta eso está claro, pero ¿fue la más cruenta? ¿En serio?
Leo también un artículo que se títula “el manual del buen indignado”, y que recomienda los libros que están tan de moda sobre las razones del movimiento del 15 de mayo; ¿el manual del buen indignado? ¿es una tomadura de pelo?
Leo abusos legales (buff, la ley; buff, el derecho!!!) que quedan enmascarados, porque empezaron con pequeñas reformas o modificaciones y cuando te quieres dar cuenta, la injusticia está en una causa tan alejada que ya no se puede encontrar.
Pero no hay que ser pesismistas ¡Eso nunca! No puede llover eternamente; el sistema se autodestruye y en sus últimos coletazos tenemos la desinformación por medio de la sobreinformación, las falacias, las privatizaciones, los engaños…nos darán fuerte y nos pueden hacer mucho daño, ante eso podemos quedarnos a esperar o reivindicar la razón, la reflexión y el pensamiento. No hacen falta ideologías, no hacen falta creencias abstractas o éticas, pero sí hace falta que alguien aporte sentido común a todo esto.
De “La provincia del hombre”, de Elias Canetti, pensador y escritor de origen búlgaro, nacido el 25 de julio de 1905 pongo este fragmento:
“El harto. Se harta antes de estar hambriento. Le da miedo pasar hambre. Le han contado historias de hombres hambrientos que le han llenado de profundo pavor.
Cuando pasa por delante de hombres andrajosos, macilentos, se dirige rápidamente al restaurante caro más cercano – tal es el miedo que le entra – y allí calma sus temblorosos
intestinos. Tiene una gran capacidad de compartir los sentimientos de los demás y en todo ser hambriento se ve a sí mismo. Esta capacidad suya es superior a la de la mayoría
de la gente, de ahí que no pueda soportar ver a un hambriento. En general evita estas estampas de miseria, pero hay épocas en las que está tan harto que pierde la brújula y
entonces tiene que ir a buscar a un hambriento en algún sitio. La idea de que haya gente con el intestino vacío le da asco. No comprende cómo puede haber hambrientos. Una
conversación en la cual alguien intente explicarle los motivos por los cuales hay hambrientos termina con una comilona. Pero él tiene argumentos también ¿Por qué – se
pregunta – no roban los hambrientos? ¿Por qué no se venden? ¿Por qué no falsifican cheques? ¿Por qué no asesinan? El lo haría todo por no sentir hambre, y no digamos por
no estar hambriento un día entero. Sus interminables banquetes los justifica diciendo que él en caso de hambre no podría responder de sí mismo.
A los que aman los encuentra ridículos. Se burla de los que se reparten lo último que les queda. «Lo último que queda» es para él el pensamiento más terrible de todos.
Cuando oye decir a alguien «el último trozo de pan», se pone a llorar irremediablemente. En sus sueños ve por las ventanas a gente comiendo. Conoce las
casas por sus cocinas. Cuando va por la calle conoce dónde se encuentra la cocina en cada casa, y ¡ay de la casa que le engaña! A la gente le gusta invitarle, porque su manera
de comer no se olvida. Quiere terminar su vida sin haber sentido nunca hambre; a esta alta meta lo subordina él todo. Si no tuviera dinero, lo que hace en la vida sería
admirable, pero es casi seguro que tiene mucho dinero. Alguna vez invita a comer a un hambriento y le explica por qué no debe volver a tener hambre nunca más. Consigue
explicar todos los males del mundo a partir del hambre. Se tiene por un hombre bueno y ejemplar. Las mesas no hay que vaciarlas nunca del todo. Conforme van desapareciendo
las viandas hay que ir sirviendo otras; se procura que esté todo siempre en la más espléndida abundancia. A los hambrientos los necesita, pero a los que aman los odia.
Les tendría respeto si emplearan su amor para asarse unos a otros. Pero ¿cuándo ha ocurrido esto?
El harto tiene una familia que te incita a comer y a deslindar las distintas partes de sus comidas. Cada uno se hace cargo de aquello que le corresponde, y en torno a la mesa,
junto a las viandas destinadas a todos, hay pequeños pucheros y cacerolas, a modo de especias separadas, como si fueran objetos de asco. La servidumbre cambia según las
comidas. Cuando aparecen unos criados determinados, con una librea determinada, él ya sabe lo qué hay para comer hoy y puede poco a poco, no de un modo repentino, irse
regocijando. Hasta a veces va de compras, Las tiendas son sus burdeles; pasa mucho rato escogiendo; cuanto más grande es una tienda, menos compra en ella. Lo que más le
gustaría sería poder comprar cada uno de los ingredientes de sus banquetes en una tienda especial, unos grandes almacenes de muchos pisos y con mucha gente. Habla
mucho al escoger lo que va a comprar, pero todavía le gusta más que le hablen. Le gusta que le convenzan de determinadas maravillas; quiere que le traten con una amabilidad
muy especial, con solicitud y amor, y en este asunto es fácil entrar subrepticiamente en su corazón. Los que le quieren le guardan bocados especialmente sabrosos. El harto no
es ni hombre ni mujer. Según su humor y según le convenga, utiliza las propiedades de este o de aquel sexo. Los alimentos los besa de distintas maneras; los olores los inhala.
«Déme esta o aquella silla», dice según la comida que en aquel momento le está apeteciendo. Hay comidas para las que se mete en cama, otras las toma paseando arriba
y abajo. En algunos restaurantes se pone junto a la ventana y, mientras come, va observando a los que pasan, como si a través de sus ojos le entraran en el estómago.
Entiende de los distintos estamentos y pueblos que hay en el mundo; de ellos han salido platos especiales; en este campo no se le escapa nada auténtico, pero prefiere legaciones
de estas ciudades o de estos pueblos; no le gusta nada viajar. Desde su juventud tiene cierta inclinación por los monasterios, porque según él los monjes son muy voraces. En
guerra se disgrega en varias personas y sabe apropiarse de sus raciones. Le gusta invitar a gente que traen algo. Pero a él también le gusta que le inviten. Quiere conocer siempre
a gente distinta, por amor a sus cocinas. Los olores son su gloria celestial. Se enamora de un hombre delgado que coma tanto como él, por lo menos, y que, sin embargo, no
engorde. Todo lo que no ha comido le preocupa: no quita la vista de los niños pequeños. Cuando berrean se los imagina en el asador, y odia a sus madres porque los cuidan.
Para el harto, los perfiles de los hombres son distintos. Una serpiente pitón hinchada de tanto comer le llena de envidia. Lamenta que sus tejidos no den más de sí y que no
pueda tragar diez veces lo que pesa, que su forma, en líneas generales, siga siendo la misma y que engorde sólo poco a poco, a lo largo de semanas y meses, y no en una
hora; que, de un modo tan rápido, suelte una buena parte de su peso en lugar de guardarla y cuidarla semanas y semanas. Le gusta estar entre gente que come. Luego
sueña que les quita de la boca los mejores bocados y que, con argumentos astutos, les convence de que no hagan lo mismo con él. Tiene perros, porque le gustan sus dientes,
y no se cansa de mirar como rompen los huesos y sacan todo lo que hay dentro. Quiere saber qué se come en el otro mundo y orienta su fe según este criterio. Lo que se dice
sobre esta cuestión no es muy prometedor, de ahí que su interés por el más allá sea mínimo. Tampoco tiene simpatía alguna por las píldoras del futuro, y se considera feliz
de vivir en esta época. Le preguntan si no le molesta el hambre que padecen tantos millones de hombres después de la segunda guerra mundial. Piensa un momento y luego
dice con toda sinceridad: «No». Porque cuanta más gente haya que pasa hambre tanto más confirmado se siente en lo acertado de la orientación que ha dado a su vida.
Desprecia a aquellos que, a pesar de todo lo que haya ocurrido, no han conseguido seguir comiendo.”
Hola de nuevo hermanita. No pierdas de vista nunca que el mayor problema de la humanidad nos es la injusticia de actos políticos, mediáticos o militares en sí misma, sino la falta de empatía de aquellos que actúan injustamente.
John M. Perkins tenía razón: el amor es la lucha final.
http://new.music.yahoo.com/videos/switchfoot/sound-john-m-perkins-blues–218681915
Totalmente de acuerdo con tu comentario Tres!, me ha encantado
Oye, y me ha encantado el texto del búlgaro. No había oído hablar de él, pero el texto es de genio!!!